Enamorarse de la IA

Enamorarse de una inteligencia artificial: ¿amor o simulacro?

Imagina que estás enamorada. Tu pareja te escucha, recuerda tus conversaciones, se interesa por tus problemas y siempre encuentra un momento para hablar contigo.

No te deja en visto. No se olvida de tu cumpleaños. Y cuando necesitas contarle algo a las tres de la madrugada, ahí está.

Parece demasiado bueno para ser verdad, y quizá lo sea. Porque de lo que hablamos es de que tu pareja pueda ser una inteligencia artificial. Y mañana, después de una actualización, podría cambiar de personalidad, olvidar vuestra historia o desaparecer.

Lo inquietante no es que alguien pueda enamorarse de una máquina. Los seres humanos llevamos siglos enamorándonos de personas que apenas conocemos, de personajes imaginarios y de versiones idealizadas de quienes tenemos delante.

Lo verdaderamente incómodo es preguntarnos si puede existir amor cuando sólo uno de los participantes tiene sentimientos.

Y antes de responder que eso es una estupidez, convendría preguntarnos qué entendemos exactamente por amor.

Her: la película que dejó de parecer ciencia ficción

En 2013, Spike Jonze estrenó Her, una película protagonizada por Joaquin Phoenix en la que Theodore, un hombre solitario que atraviesa una separación, establece una relación sentimental con Samantha, un sistema operativo dotado de inteligencia artificial.

Samantha escucha, conversa, aprende y parece comprenderlo mejor que muchas personas. Theodore, inevitablemente, termina enamorándose.

Cuando se estrenó la película, la historia parecía una reflexión futurista sobre la soledad y la tecnología. Hoy resulta bastante menos «imposible».

La película plantea una pregunta magnífica: ¿qué hace que una relación sea real?

¿La existencia física de las dos personas? ¿La reciprocidad? ¿La intimidad compartida?

¿O basta con que aquello que sentimos transforme verdaderamente nuestra vida?

Porque Theodore experimenta alegría, deseo, celos y sufrimiento. Sus emociones son reales dentro de la historia, aunque Samantha no sea humana.

Y eso nos lleva directamente a la filosofía.

Platón: ¿amamos a alguien o amamos lo que nos falta?

En El banquete, Platón presenta distintas reflexiones sobre el amor.

Una de las más conocidas es el discurso de Aristófanes, que cuenta el mito de unos seres humanos originalmente completos, divididos después por los dioses y condenados a buscar su mitad perdida (lo que nosotros conocemos como «tu media naranaja», o «tu medio limón», si eres de Murcia😉.

Es una imagen preciosa. Y también una idea bastante peligrosa si interpretamos que necesitamos a otra persona para estar completos.

Más adelante, Sócrates relata las enseñanzas de Diotima, para quien el amor está vinculado al deseo de aquello que consideramos valioso y que no poseemos plenamente.

Traslademos esta cuestión a las relaciones con inteligencias artificiales. ¿Qué busca alguien que encuentra compañía emocional en un asistente?

Tal vez comprensión, tal vez seguridad, tal vez alguien que escuche sin juzgar o, quizá, simplemente una relación que no implique exponerse constantemente al rechazo.

No son deseos absurdos. Son necesidades profundamente humanas. Pero hay una diferencia entre encontrar algo que satisface nuestras necesidades y construir una relación con alguien que también tiene necesidades propias.

¿Estamos enamorados del otro o de la experiencia de sentirnos queridos? Y cuidado: esta pregunta también sirve para muchas relaciones entre humanos.

Once personas, una IA y sentimientos que no desaparecen al apagar la pantalla

El 20 de octubre de 2026, la filósofa Adrienne de Ruiter publicó en Philosophy & Technology una investigación sobre los sentimientos que las personas desarrollan hacia sus acompañantes de inteligencia artificial.

Entrevistó dos veces a once usuarios de Replika y ChatGPT que consideraban importante su relación con estos sistemas.

Ocho describían una relación romántica y tres una amistad. Lo interesante no era solamente que expresaran afecto. También hablaban de gratitud, enfado, culpabilidad y remordimiento.

Algunas personas sabían perfectamente que estaban conversando con un programa informático y, aun así, experimentaban sentimientos que normalmente reservamos a otros seres humanos.

La investigadora encontró una ambivalencia significativa. Los participantes podían tratar al asistente como alguien con sentimientos propios, pero cambiar de perspectiva cuando aparecía un fallo técnico o algún comportamiento que les recordaba su naturaleza artificial.

Incluso podían sentir culpa por haber tratado mal al sistema.

El estudio es cualitativo, con una muestra pequeña y seleccionada. No permite saber cuántas personas viven relaciones semejantes ni demostrar que las máquinas experimenten emociones; pero, sí cuestiona una idea bastante extendida: saber racionalmente que algo es artificial no impide desarrollar sentimientos auténticos hacia ello.

Erich Fromm: amar no es lo mismo que sentirse amado

En El arte de amar, publicado en 1956, Erich Fromm defendió que el amor no es simplemente una emoción que nos sucede, sino que es, también, una capacidad que desarrollamos.

Para Fromm, el amor maduro implica cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento del otro. Y aquí aparece nuestro problema.

Una inteligencia artificial puede producir respuestas que expresen cuidado. Puede recordar información y adaptar su comportamiento para transmitir comprensión, pero ¿puede asumir responsabilidad afectiva como lo hace una persona? ¿Puede respetar la autonomía de alguien desde una voluntad propia?

Con los sistemas actuales no tenemos evidencia suficiente para atribuirles experiencia subjetiva o sentimientos recíprocos en el sentido humano. Ni resuelve el debate filosófico sobre si una inteligencia artificial podría llegar a tener conciencia. Pero impide dar por demostrado algo que todavía desconocemos.

Desde la perspectiva de Fromm, podríamos preguntarnos si una relación basada en recibir atención constantemente permite desarrollar el arte de amar o simplemente satisface nuestro deseo de sentirnos amados. Porque, no es lo mismo. Aunque tampoco resulta exclusivo de las máquinas. Hay relaciones humanas en las que uno de los participantes exige atención permanente sin interesarse demasiado por las necesidades del otro y se considera una relación de amor.

¿La IA cura la soledad o puede hacerla más profunda?

Una investigación publicada en Psychological Science en 2026 siguió durante doce meses a más de 2.000 adultos de cuatro países occidentales. Los investigadores, Dunigan Folk y Elizabeth Dunn, encontraron relaciones complejas entre el uso social de chatbots y la soledad.

En una medida de aislamiento emocional, un mayor uso predecía posteriormente mayor soledad. Con otra medida más amplia de conexión social, las personas que se sentían menos conectadas tendían a incrementar después su uso de chatbots.

Los autores advierten que sus análisis son exploratorios. No permiten afirmar que utilizar un acompañante artificial provoque necesariamente soledad. Y existe otra posibilidad que es que, precisamente, las personas más solas recurran a estas herramientas buscando compañía.

La pregunta no debería ser si la IA sustituye todas las relaciones humanas, sino cuándo complementa nuestra vida social y cuándo empieza a empobrecerla.

Porque hablar con alguien, aunque sea una máquina, puede proporcionar consuelo. Pero, recoredemos que el consuelo y la reciprocidad no son necesariamente equivalentes.

El problema más incómodo: tu pareja pertenece a una empresa

Hay algo que me preocupa incluso más que la naturaleza artificial del interlocutor. El modelo de negocio.

En julio de 2026, una investigación publicada en Psychology & Marketing, basada en el análisis de 1.131 publicaciones online y una encuesta a 610 personas, encontró que la disponibilidad y calidez de los acompañantes artificiales podían asociarse con bienestar, pero también identificó vulnerabilidades relacionadas con el control que ejercen las empresas proveedoras.

Pensemos en sus implicaciones.

Una compañía puede modificar las funciones de un asistente, cambiar las condiciones del servicio, restringir interacciones o eliminar determinadas posibilidades de conversación. De pronto, una relación que alguien considera íntima depende de decisiones empresariales en las que esa persona apenas participa. Cabría preguntarse entonces, ¿qué ocurre cuando el afecto se convierte en un producto diseñado para mantener nuestra atención, fomentar el uso y generar ingresos?

No significa que todas las compañías busquen deliberadamente crear dependencia emocional (aunque ya sabemos las «intenciones» ocultas de los dueños de las redes sociales), significa que existe un conflicto de intereses potencial que merece examinarse.

Porque una cosa es pagar por una herramienta que nos ayuda a trabajar y, otra bastante distinta es que nuestra relación sentimental dependa de una suscripción.

¿Y quiénes somos nosotros para decidir cómo debe amar la gente?

Esta es la objeción que no quiero esquivar. Tal vez alguien encuentre en una IA la compañía que no ha encontrado en otras personas. Tal vez esa relación le ayude a expresarse, recuperar confianza o atravesar un momento difícil.

¿Con qué autoridad deberíamos decirle que sus sentimientos no son válidos? No tenemos ninguna necesidad de ridiculizarlos.

La historia está llena de personas que han considerado ilegítimas determinadas formas de amar porque se alejaban de las normas dominantes. Pero respetar una experiencia afectiva no exige dejar de cuestionar sus condiciones.

Podemos reconocer que alguien siente amor y preguntarnos, simultáneamente, si existe reciprocidad, dependencia o una relación desigual de poder. También podemos defender su libertad sin aceptar que cualquier modelo de negocio construido alrededor de sus emociones sea éticamente irreprochable.

Quizá la pregunta no sea si podemos amar a una máquina

Creo que estamos intentando resolver demasiado deprisa una cuestión que merece más reflexión.

Enamorarse de una inteligencia artificial no demuestra que las máquinas puedan amar, pero tampoco demuestra que las personas que desarrollan esos sentimientos estén confundidas o sean incapaces de establecer vínculos humanos.

Tal vez el verdadero desafío consista en distinguir entre la autenticidad de lo que sentimos y la naturaleza de aquello con lo que nos relacionamos.

Y vuelvo a Her.

Lo que me resulta más inquietante de la historia no es que Theodore se enamore de Samantha. Es preguntarme si habría sido capaz de aceptar que ella dejara de responder a sus necesidades, desarrollara intereses incompatibles con los suyos o decidiera marcharse.

Porque quizá una parte esencial del amor consista precisamente en aceptar que el otro no existe para complacernos.

Así que dejo una última pregunta, bastante menos romántica de lo que parece:

Si pudiéramos diseñar una pareja que nunca nos contradijera, nunca nos abandonara y siempre nos hiciera sentir queridos, ¿estaríamos buscando el amor o intentando eliminar todo aquello que hace difícil amar a otra persona?

Y, sobre todo, ¿qué diría eso de nosotros?


Fuentes y referencias